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Eike Batista golpeado y atado a un poste?

Por Rodrigo Duarte Baptista

 

En la mañana del lunes (30/01), la “familia bien” se despertó temprano para comer el pan que la doméstica fue a comprar aún más temprano. Sentados a la mesa, comparten el sabor de la austeridad e hipocresía, mientras escuchan el noticiero matinal del ciudadano de bien. La voz hegemónica de los grandes medios de comunicación brasileros informa en la TV: “el empresario Eike Batista, que fue el 7º hombre más rico del mundo, fue preso esta mañana”.

Blanco, rico y habitante de área noble, Eike Batista no es el tipo de ladrón que la clase media tenga placer en ver atado a un poste. Al parecer, ese tipo de venganza y “justicia” es selectiva. Su objetivo tiene color, hambre y no siempre tiene dirección. Los medios tradicionales no construyen su imagen con adjetivos amigables como “empresario”, “joven habitante de Copacabana”, “estudiante de clase media”. El odio y el castigo con las propias manos son exclusividades destinadas a un tipo específico de bandido: aquel que es fruto de la desigualdad social producida por un sistema financiado por ese tipo de “empresario”.

Da la impresión de que, para el brasilero promedio, después de traspasar un determinado nivel de corrupción, el sujeto deja de ser criticado, excluido, torturado y pasa a ser endiosado, acogido, admirado. Ese corrompido sentido de justicia torna actual el dicho que circulaba ya en el Brasil colonial: “quien roba poco es ladrón, quien roba mucho se vuelve barón”. El emprendedor exitoso es una especie de milagro a los ojos de aquellos que, inocentemente, creen que a través del esfuerzo personal será alcanzada la tan deseada riqueza. La dirección hacia la cual debe caminar la clase que representa el engranaje principal de la máquina del consumismo. Ilusión!

Es como si hubiese un tipo de meritocracia criminal tal, que el criminal tuviese que alcanzar una meta en la escala de corrupción. Si se encontrara en la cima de la elite social, si hace parte de las clases que nos dominan, realiza transacciones corruptas con gobernantes del Estado, habiendo ultrapasado los límites normalmente alcanzados por un criminal convencional, bingo! Está inmune de violencia física justiciera. En última instancia, es posible que esa inmunidad cedida por los justicieros se derive de la similitud entre el sujeto que juzga y el acusado. En el fondo, Eike Batista es el espejo de aquello que el ciudadano de bien quiere alcanzar. La clase media no sería masoquista al punto de amarrar y golpear su propia imagen y semejanza.

Por otro lado, si el individuo no sobrepasa el nivel criminal del tráfico de drogas en las periferias o pequeños robos de celulares y billeteras en las zonas nobles de las grandes ciudades, peor aún si es negro! Él es entonces denominado bandido, por lo tanto, susceptible de deshumanización y toda forma de barbarie es aplicada a su cuerpo, rápidamente los justicieros virtuales lanzan su discurso de odio bajo el alero de la sagrada (y mal interpretada) libertad de expresión. Así, la violencia verbal destila por los cantos sombríos de los comentarios de las páginas de los grandes medios de comunicación: “bandido bueno es bandido muerto”, “adopte un bandido y llévelo a su casa!”.

Los verdaderos bandidos ya fueron adoptados por los propios ciudadanos de bien. Y habitan sus residencias. Su discurso. Su mirada sobre el mundo. Todos ellos poseen políticos de estimación e ídolos emprendedores exitosos. Entran por la TV, a través de campañas electorales, por los noticieros, y se establecen en el corazón de esos justicieros. Eike Batista y otros financistas del Estado fueron idolatrados por esa gente hipócrita que hoy no sabe si celebrar su prisión o seguir su camino de emprendimiento. No ven que los verdaderos bandidos son esos que ellos defienden y admiran. Pues, hay un rechazo ético de mi parte en denominarlos “empresarios”, como lo hacen los grandes medios de comunicación. Son bandidos, corruptos, enemigos del pueblo!

Eike Batista es el chivo expiatorio de un sistema inmensamente mayor y más complejo. El cabeza de turco de un ritual político contemporáneo, aquel que es susceptible de ser “sacrificado” para que el sistema se renueve. Es como si, siendo espectacularizado el cercenamiento de la libertad de un individuo, todos los problemas del sistema desapareciesen. Lo que la sociedad del espectáculo preparó para la mañana del lunes fue la posibilidad del ciudadano medio de respirar aliviado e ir a trabajar. Afeitarse y partir con una sonrisa en el rostro y un pensamiento positivo: “ahora Brasil avanza”. Incapaz de percibir que el movimiento de una pieza no destruye el tablero completo; sigue en el rebaño. Pierde el cabello quien es privilegiado, mientras el pueblo negro sigue perdiendo la vida junto a postes de los barrios nobles. El pelourinho (poste de castigo para los esclavos) simbólico de un Brasil negro y excluido sigue siendo representado en esos postes. Pero, de este poste, Eike Batista sólo recibe la iluminación del espectáculo mediático.

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